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Cuenta una antigua leyenda europea que hace muchos, muchos años, una gélida noche del mes de diciembre había un niño perdido por un bosque. Un leñador lo encontró al regresar a casa y se estremeció al verlo tan indefenso. El leñador decidió darle cobijo, invitándole a pasar la noche con él y con su esposa en su humilde hogar.

El leñador y su esposa hicieron un buen fuego en la chimenea para dar calor al niño, le prepararon una deliciosa sopa caliente y le ofrecieron una cama donde pasar la noche para que pudiera descansar bien.

Esa noche se produjo el milagro y el niño se mostró como lo que en realidad era: el Niño Dios. Para agradecer al leñador y a su esposa su hospitalidad y su amabilidad les entregó una rama de pino y les pidió que la plantaran, porque de ella crecería un árbol que les daría sus frutos cada año.

Transcurrió un año y llegó la primavera. El leñador y su esposa quedaron muy sorprendidos cuando vieron que el joven árbol había dado frutos y tenía sus ramas llenas de manzanas de oro y nueces de plata.

Así explica esta antigua leyenda cómo los antiguos habitantes del norte de Europa comenzaron a adornar sus árboles cada Navidad.

Otra historia cuenta que los antiguos germanos adornaban sus árboles con manzanas y piedras pintadas cada año cuando llegaban los primeros fríos y comenzaban a caerse las hojas de sus árboles porque pensaban que éstos estaban habitados por espíritus.

En todo caso, el árbol de Navidad se convirtió en una tradición a lo largo del siglo XIX en Europa y en América del Norte, para pasar después a convertirse en una tradición a lo largo de todo el planeta.

Desde Mimucama os deseamos a todos una muy Feliz Navidad 2018.

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